Galilea para diputada, por favor

El mundo ya no nos sorprende, porque el mundo queda enterrado, cada segundo, entre el ruido incesante de la información que se desborda en la paradójica ausencia de mundo. La indignación se hace presente rapidísimo, en ocasiones, para ser agotada en los aproximadamente .7 segundos que tarda en llegar otro tuit, otro post, otra noticia. El mundo ya no sorprende porque ya no es mundo.

            Y aunque uno podría pensar que lo mismo aplica para la política mexicana, lo cierto es que la política mexicana ya no sorprende porque, en realidad, nunca lo ha hecho: en este país, la “política” siempre ha tenido la prodigiosa cualidad de estar en potencia, de siempre estar a un sexenio (o una legislatura, o un año, o una semana, o a una ratito, da igual) de ser inaugurada. Broma griega, tragedia shakesperiana, cucaracha kafkiana, México no ha tenido la posibilidad de develar a lo político en lo público—“ciudadano”, “civil” y “civilidad” son conceptos que siguen esperando, cual jugadores sentaditos en la banca, su debut en el juego de la res publica mexicana. De tal manera, a la política mexicana le pasó desapercibido el reclamo postmodernista de lo transpolítico: nunca hubo confusión de los tipos, desperdigo de valor, lo político siempre ha estado entremezclado con todo lo demás, nunca ha tenido validez propia ni sentido en sí mismo. Así, el discurso de la supuesta inauguración de lo político en México, “ahora sí”—con cada candidato, para cada puesto, de cada partido, en cada sexenio— no puede ser refutada: sigue esperando, sigue espirando.

            Tenemos, también, científicos de lo político y sus estructuras y sus procesos y sus regulaciones y sus reglas y su necesidad que, sin embargo, también esperan a que sus teorizaciones se materialicen, que algún día lo abstracto—abstraído y abducido desde Suecia, Finlandia, los Estados Unidos, Comoras y allende la chingada—logre recorrer la espina dorsal de lo “real”. Y mientras esperan, se juega a la apuesta de cantina, por no poder ir más allá: a ver quién gana, a ver cuáles son sus intenciones, a ver… etcétera, como si de un juego de fútbol se tratara.

            Pero es que cómo exigir lo contrario. Nuestros diputados, truhanes todos (por decir lo menos, para poder generalizarlo), son prueba fehaciente de lo poco que puede esperarse de lo público y político del país, de la falta de civilidad, entendimiento e interés de los ciudadanos. ¿Qué otra cosa, para el caso, podrían hacer? Una ciudadanía que está encadenada, por elección propia, eso sí, a votar por lo mismo,  que no es lo mismo, por lo mismo: porque nunca se ha podido inaugurar, con bombo y platillo, ese supuesto milagro mexicano que está por llegar en la siguiente generación, desde hace quinientos años, que acceda al poder.

            Y la sociedad “ilustrada”—ésa que se domina a Rimbaud, Bachelard y Lernet-Holenia, la misma que critica hasta la infinidad a quien no lee, pero que no ha pasado por sus dioptrías nada que vaya más allá de la Wikipedia en los últimos, digamos, cuatro años—queda mortificada porque en nuestro país suceden las cosas que suceden. Ese sector tan supuestamente reducido de la población queda espeluznado porque Alicia Villarreal y el Tata Arvizu serán candidatos a diputados, de que la “Chiva” Irabién fuera parte del extinto PSD, que en Guerrero, en un mitin de Fernando Reina se coree, con entusiasmo e ilusión casi utópica incluso, “Galilea para diputada”. La crítica revienta: el control de las masas, pan y circo—panem et circenses, por quienes quieren verse mamones—y, oh mi Dios, ¿a dónde hemos llegado? Yo sé a dónde hemos llegado: al mismo lugar en el que estábamos hace veinte, setenta, doscientos y quinientos años, a la misma nadería política que nunca ha podido ser sacudida de este país.

            Quizá nos hace falta que Galilea y Alicia y el Tata y Anahí sean nuestros representantes para que de una vez por todas nos demos cuenta que lo mismo servirán que los Fernández Noroña, las Josefinas y los Acostas, para que nos demos cuenta que la nuestra siempre ha sido una transpolítica en la que da lo mismo un diputado que una actriz que una maestría que un par de tetas que el servicio civil de carrera. “Galilea para diputada”, corearon en Guerrero. Galilea para diputada, por favor, de perdida para darnos cuenta de la poca diferencia que habrá entre ella y casi cualquier otro que haya ocupado ese cargo; para entender que nuestra política seguirá esperando su turno, quizá por quinientos años más, para ser inaugurada.

@rusoaduna

 (publicado originalmente en Paradigmas)
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